Principio y fin de la Ecología
León Ferrari
lferrari@anice.net.ar
León Ferrari is a conceptual artist based in Buenos Aires
El Edén fue un paraíso ecológico de vida breve.
La cordial relación prevista entre los hombres y el medio que los
rodeara se quebró cuando Dios, atribuyendo a lo creado los errores
de la creación, castigó a Eva suprimiendo la inmortalidad.
La llegada de la muerte inició la agresión ecológica.
Durante siete días, que exégetas contemporáneos
extienden a millones de años, Dios (acompañado según
San Juan por el hijo de María) creó el universo e infinidad
de cosas, de piedras, aguas, plantas, peces y renacuajos, sapos, flores,
frutas y gente. Creó el Edén, aquel Paraíso sin penas
ni angustias, albergue de mujeres y hombres para que crecieran y se reprodujeran
hasta convertirse en un coro de multitudes que lo adorara, lo amara y
lo temiera para siempre. Pero a pesar de la omnipotencia y sabiduría
divinas, Satanás, en pocos minutos, desbarató aquellos millones
de años de esfuerzos provocando la transformación del Edén
inmaculado en un paraje donde castigar a hombres bichos y plantas marcados
con el estigma del primer pecado.
A la derrota infligida por Lucifer, Dios debió sumar una nueva
y no prevista faena, pues al esfuerzo que necesitó para crear la
vida tuvo que agregar el necesario para destruirla, para inventar las
formas de la muerte y del dolor que los Libros Sagrados detallan: hambre,
pestes, lepra, tumores apostemados, hemorroides, locura, violación,
estupro, degüello, fuego, hienas, buitres, chacales, sangre, espada,
hacha, puñal, vientres preñados acuchillados.
A aquellas cotidianas manifestaciones de su voluntad, los dioses agregaron
dos singulares exterminios: el diluvio y el anunciado Apocalipsis. Entre
ellos se desarrollan la vida humana y las peripecias de la ecología:
incendios, erosión, sequías, las plagas de Egipto, huracanes,
inundaciones, terremotos y la lucha del hombre contra plantas y bestias.
El diluvio, que en la escala de desastres ecológicos sería
el más grave después del provocado por el Pecado Original,
es una consecuencia de este y agrega al carácter hereditario de
la primera culpa el principio penal del castigo colectivo por culpas individuales.
La Biblia afirma que aquel primer exterminio se debió a la maldad
de los hombres y a que sus hijas copulaban con los hijos de Dios. Eso
provocó la muerte de adultos posibles pecadores pero también,
con ellos, de todo niño o adulto inocente y de todo inocente organismo
animal o vegetal que los acompañara. Cuenta Moisés que fue
destruido todo ser que vivía sobre la faz de la tierra, desde el
hombre hasta la bestia, los reptiles y las aves del cielo y murió
toda carne que se mueve sobre la tierra, así de aves como de ganado
y de bestias, y todo reptil que se arrastra sobre la tierra, y todo hombre,
todo lo que tenía aliento de vida en sus narices, todo lo que había
en la tierra murió.
Pasó la edad de piedra de bronce y de hierro y la situación
cambia pues la inmortalidad que el Padre nos quitó fue restaurada
por el Hijo trastornando los propósitos del Génesis. La
Tierra no es ya ni un Edén ni el lugar donde se administra un castigo
que termina y culmina en la muerte, planeados por el Padre, sino que ha
sido convertida en antesala donde medir faltas y separar a justos de impíos.
Esta iniciativa trasformó un planeta de mortales en un criadero
de condenados inmortales destinados a poblar, atormentados, un inesperado
reino de Lucifer, mucho mayor que el divino si creemos con Jesús
que sus puertas son más anchas y que son pocos los que se salvan.
En el cielo no hay plantas ni animales - sólo los salvados mirando
a Dios - y en el infierno fuego y diablos como entorno: la ecología
morirá en la Tierra cuando vuelva Jesús con sus ángeles.
1996
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