- ˇTucumán, Argentina!-
Carlota Beltrame
carlotabeltrame@hotmail.com
Carlota Beltrame is an artist and lecturer in the Universidad Nacional
de Tucumán
¡Bueno!. Es la primera vez que me piden un artículo para
una revista extranjera y el desafío me aturde un poco. Sin embargo
el señuelo es harto tentador: hablar del arte de mi provincia (-“Tucumán,
Argentina”- diría un amigo con el fin de denotar que estamos
en una región olvidada de Dios, en donde todo funcionará
mal... si puede funcionar bien).
Por empezar, me confieso: Carlota Beltrame, artista plástica y
docente en una Facultad de Artes que supo visitar Richard Deacon, Guillermo
Kuitca entre otros. El detalle: devenida curadora a raíz de no
sé que tipo de pulsión visceral que me empuja a buscar promocionar
la producción artística de muchos que han pasado por mi
taller y que considero muy buenos.
Pero no soy una gran pensadora, así que para este desafío
actual, (para ARARÁ), me inventé una estrategia de la mirada
a lo Lacan, buscando la opinión de artistas que pasaron por mi
ciudad y trabajaron con muchos de nuestros jóvenes, en el marco
de los Encuentros de producción y análisis de obra para
jóvenes artistas del N.O.A., que la Fundación Antorchas,
a través de un generoso subsidio, me permite organizar año
a año. Me interesaba y me interesa el aporte que hacen a mi propia
mirada sobre lo nuestro, las miradas de aquellos que, ajenos a nuestra
cotidianeidad observan nuestros productos desde una actitud de extrañamiento
brechtiano.
El artista Pablo Siquier, uno de los primeros en responder a mi demanda,
dice:
En mi condición de “porteño” que se formó
(como todos aquí), en estudios de diferentes artistas, sorprendiome
constatar la importancia de la Facultades de Artes de las ciudades del
interior del país, que fui visitando. Mendoza es el caso extremo:
todo pasa por la Academia... y por el concepto de “academia”.
Tucumán es felizmente paradógico en este sentido, pues en
la Academia, los “niñitos” encuentran, según
parece, las libertades necesarias para experimentar cualesquiera de los
formatos que nuestro generoso arte contemporáneo nos ofrece como
posibilidades.
Esto fue claramente visible ya desde los dossiers presentados para los
Encuentros de la Fundación Antorchas. Luego, en el detalle, al
ver los trabajos de los “monstruos” propiamente dichos, lo
recién apuntado se me confirmó. Los muchachos abarcaban
varias de las sendas propuestas estéticas de estos últimos
lustros en el Arte Argentino (que ya son surcos): abstracción subjetiva
afectuosista (¿?) ornamental, ultraintimismo (burbuja pombiana*)
más o menos femenino, situacionismos (incluyendo aquí a
aquéllos que producen a partir de una particular situación:
la de no tener un “mango”), etc.
La escena tucumana, como todas en este país es, dada la escasés
de recursos, enternecedora y heroica. Pero la diferencia de Tucumán,
habría que buscarla en la cantidad: en ningún lado hay tantos
buenos artistas.
Con este final tan halagüeño, imagino los comentarios plagados
de tucumanismos deliciosamente torpes y soeces con los que mis coterráneos
responderían, no con disgusto, como podrían pensarlo los
desprevenidos, sino con absoluto placer.
Pero ahora me aboco a descifrar lo que a mi juicio se refiere Pablo Siquier
con:
Abstracción subjetiva... ultraintimismo... situacionismos... .
¡Qué extraño que esto pueda darse en una provincia
que como la mía fuera tan castigada con el especial ensañamiento
de varias de nuestras furibundas dictaduras, y cuyas consecuencias hoy
padecemos aún!.
Un poco de historia a partir de una frase tan paradójica como macabra:
Tucumán: cuna de la Independencia, sepulcro de la subversión.
En efecto, fue en esta pequeña provincia argentina en donde un
9 de julio de 1816, se proclamó la Independencia de las Provincias
Unidas del Río de la Plata, y de todos los pueblos de América
del Sur, con respecto de la dominación española en nuestras
tierras. Sin duda un acto heroico que costó la sangre de miles
de hombres y mujeres que se autoconvocaban para aquella causa noble que
les garantizaría una existencia digna, en un país grande
y soberano. Mas el destino glorioso augurado para el país naciente
y para Tucumán misma, no tardó en agostarse, y hoy los tucumanos
recordamos desgarrados las consecuencias de la última dictadura
en 1976, por no adentrarnos más en el pasado y rememorar la de
1966 que cerró los ingenios azucareros, principal fuente de la
economía provincial. La palabra desgarrados que empleo anteriormente,
denota y connota la situación de desgarro o partición de
un todo que se ha dividido en virtud de algo. Tucumán quedó
después de estos hechos profundamente dividida entre quienes padecieron
las dictaduras y entre los que se vieron favorecidos por ellas. Al punto
de que ya en democracia, las elecciones gubernamentales oscilan entre
políticos de toda laya y la espantosa remake del dictador genocida
Bussi, que recibiera a los periodistas, luego de ganar una contienda electoral,
con una pistola apoyada sobre su escritorio.
En este contexto, la producción artística tucumana se enmarcó
en los realismos críticos de los que las series El Virreinato y
El Neo- Virreinato del recientemente fallecido Joaquín Ezequiel
Linares, constituyen los ejemplos, más relevantes. Los seguidores
fueron muchos... demasiados, para ser más explícitos. Y
al finalizar la década del ‘80, si bien ya existían
artistas cuya producción se caracterizaba por una incipiente actitud
de subjetivación e introspección, el exceso de conciencia
social a la que se había hecho acreedora la plástica tucumana,
se volvió revolucionariamente en su contra, subvirtiendo su virtud
de otrora, como síntoma de una monstruosa enfermedad producida
por la agonía de llevar una sobrecarga de pensamiento que terminó
por trastocar todo equilibrio entre forma y contenido (manierismos recalcitrantes
¡bah!).
Ya en la década de los ‘90, la pérdida de vida y verdad
en la producción de los últimos artistas aún embarcados
en el ideario fáustico de la modernidad, resultaba patética
y de hecho muy poco convincente. La nueva generación sólo
ha sentido los ecos de la dictadura y, aunque en muchos subsisten simpatías
por las deslucidas izquierdas, en ningún caso los grandes discursos
sociales son los protagonistas o pretextos para la génesis de la
producción artística. Como en el resto del mundo hegemónico,
ésta se desarrollará en el ya conocido marco de autorreferencialidad,
con todas sus variantes, entre las que se encuentran las arriba planteadas
por mi amigo Siquier: abstracción subjetiva... ultraintimismo...
situacionismos...
Ahora bien, no podemos negarlo, la autorreferencialidad aparece en el
arte tucumano de los ’90 como una institución imaginaria
ya consolidada de significados. En eso no se diferencia de otros centros
(aunque la tardanza de la reacción si marca una diferencia). Pero
las muchas posibilidades expresivas que ella implica (Siquier menciona
sólo tres), se hallan unidas por un aire de familia wittgensteano
que tiene que ver con la reacción al abuso de autoridad que implica
la sinécdoque, figura retórica favorita de los realismos
críticos precedentes.
Roland Barthes afirma que la sinécdoque es totalitaria, y que tomar
al todo por la parte, mas bien debe entenderse como una parte contra otra
parte. Así pues, cuando nuestros realismos críticos se volvieron
catequistas de la denuncia y la revolución, cuando se tornaron
estereotipados y obvios, es cuando el origen de la enunciación
del discurso se volvió fácilmente localizable y el espectador
se encontró entonces frente a un héroe no sólo positivo,
sino histérico. Nada más lejano en aspiraciones e ideal
estético que esta imagen, para los jóvenes tucumanos de
la última generación. Toda su producción artística
se caracteriza por una ausencia de deseo de redención, de toda
colusión (sádica diría Barthes), entre individuo
y significado. Más bien podríamos afirmar que la relación
entre autor, signo y espectador entra en un plano de ambigüedad en
el que el último debe trabajar para construir o si se quiere deconstruir
el sentido. Es como si los artistas pensaran dentro de otras cabezas,
y a su vez permitiesen que otras cabezas los pensasen. El punto fijo en
el que el artista de los realismos críticos colocaba la clave de
su discurso, aquí se ha desplazado, o más bien, se ha diseminado
sobre una superficie fractal, que ahora ofrece en cada punto en el que
el espectador pueda detenerse, gran variedad de senderos posibles de continuidad.
El concepto de autoría consecuentemente se confunde, se desvanece,
se hace difícilmente identificable para el espectador. Porque:
¿qué es un autor?. Dice Josefina Ludmer alguien que deja
una marca a lo “borgeano”, kafkiano”, lo “arltiano”
no sólo en la lengua sino también en lo imaginario. Los
autores terminan por constituir una galería de héroes. Y...
nada más alejado de los deseos del artista tucumano de los ’90...
y de sus posibilidades...
Dice Siquier: La escena tucumana es, como todas en este país, dada
la escasés de recursos, enternecedora y heroica. Pero aquí
no debe interpretarse como el héroe histérico del que nos
habla Barthes, sino en el sentido que le da Nietzsche a esta palabra,
referida al heroico acto de persistencia en la mentira, en la ilusión,
para hacer justificable la vida. Y el arte, que no es más que el
residuo de una metáfora,: ¿no es acaso además, una
hermosa mentira?
Otra artista, Claudia Fontes me escribió: el sentido de hacer arte
en Tucson está estrechamente ligado a la supervivencia. Pero no
a la supervivencia económica, sino a un tipo de resistencia que
a mí me resulta ejemplar. Los artistas tucumanos que conocí
hacen y muestran su arte de una manera absolutamente generosa: hacen arte
para hacer arte.
¿Qué retengo en mi memoria de mi encuentro con los artistas
tucumanos?. Damián
Miroli haciéndome ver con los ojos entrecerrados el sol de
frente, entre los árboles, para que pudiera entender su obra. Sandro
(Pereira) entregándome en mi mano, con infinito pudor un autorretrato
pequeñito y desnudo, tallado en goma espuma, y que no había
mostrado a nadie. Rolo (Juárez) explicándome: -“mi concepto es el
brillo”-. Pablo Guiot haciéndome trepar al tanque de agua de su casa y contándome
que quiere representar la línea imperceptible que separa su cabeza
del mundo.
Karina (Montenegro) y el horno. Los siete postres que su mamá quiso
probara en una hora. Sus ganas de quemar la casa. Marcos (Figueroa)vestido de... ¿hada?... ¿libélula?
(¿de qué era?), sobre zancos, desfilando. No lo vi, pero
me lo contaron mientras temblaba el cerro. El cuarto de Darío (Piredda).
Las chicas en el techo del cuarto de Darío. El paisaje pequeñito
que le descubrí en un rincón. David (Vargas) y su ojo de
agua fabricado solitariamente en el desierto.
Fabián (Ramos) saliendo a enfrentar el mundo con sus aparatos. Lo ojos de
Luis (Romero) cuando habla de pintura, Claudia (Martínez) tejiendo
blanco sobre blanco en el espacio, hasta aturdirse...
Podría comenzar a analizar tendencias, pero no estoy muy segura
de que las haya. No quisiera generalizar. Me tocó hablar con artistas
interesados en el Pop, la ironía, la inmediatez del trabajo con
respecto a la calle, muchos de ellos en distintos momentos de su obra.
Pero también con otros que no pueden ni quieren evitar la poética
de los materiales, la representación abstracta del paisaje, la
relación silenciosa entre ellos y el mundo...
El carácter intimista de esta carta por mí solicitada a
Claudia Fontes, revela muy fielmente aspectos presentes a la hora de profundizar
en el aire de familia vinculado por un lado a lo autorreferencial y por
el otro a la oposición consciente a la tiranía de la sinécdoque,
a la perorata, al maniqueísmo edificante que confronta los buenos
proletarios frente a los malvados burgueses, y presenta a su vez aquello
que Barthes denomina “el resorte más secreto del placer:
la sutileza. Esto se logra claro está, a través de la metáfora,
única forma discursiva del lenguaje apropiada para el arte, según
el mismo Barthes o el fenomenólogo Gastón Bachelard.
La metáfora, en su acepción más elemental, supone
una transformación del sentido. Todo lenguaje es metafórico.
El arte consecuentemente es una construcción metafórica
levantada sobre otra construcción metafórica preexistente,
sobre las notas o rasgos que sobre una verdad el hombre puede tomar. Notas
o rasgos que por otra parte, nunca alcanzan a develarla, ya que ésta
siempre conserva aspectos ocultos al sujeto. Fragmentos de verdad que
permanecerán siempre en el misterio. Más existe un hombre,
el artista, dispuesto a tender un puente ante este misterio, y lo hace
a través de la construcción de una nueva metáfora,
un nuevo constructo sobre la palabra (que ya es metafórica), pero
que no tiene pretensiones de verdad universal. Se trata de un hombre (el
artista) que no hace arengas, que no representa una verdad ni propone
un “deber ser”. Apenas si se conforma con presentar su cosmogonía
individual a través de la metáfora, de la ensoñación
de la metáfora más bien, y descubre a este nuevo artista
como un soñador que afirma que no son únicamente los pensamientos
y las experiencias los que sancionan los valores humanos.
Otro artista que nos visitara para trabajar con los jóvenes “monstruos”
locales se reía al tiempo que exclamaba: -¿vas a sacar la
obra del bolsillo?-. En efecto, Jorge Gumier Maier, como Richard Deacon
posteriormente, se sorprendieron del pequeño formato que caracteriza
la mayor parte de la producción artística tucumana. Pequeñez,
no sólo relativa al tamaño de las piezas, sino a las pretensiones
discursivas y a la calidad inferior y hasta despreciable de los materiales
con que están realizadas (goma de mascar, plastilina, pasta de
caramelo, tierra, sal, basura etc.). No voy a negar que, siendo el arte
un emergente de unas condiciones socio-económicamente preestablecidas,
la pequeñez de los formatos y la precariedad de los recursos utilizados
están sin duda vinculados a este fenómeno. Pero lo cierto
es que en Tucumán es posible observar obras muy pequeñas
y de elemental resolución técnica pero de gran densidad
conceptual (de eso se trata esta operación). Paradójicamente,
cuanto más pequeña es la obra, cuanto más elemental
su artisticidad, mayor es la sorpresa del espectador. Éste se ve
obligado a volver una y otra vez sobre la inquietante pieza, sobre ese
minúsculo signo inmóvil, pero espeso, para releerlo inmediatamente.
Así, después de ese esbozo que es la primera mirada, viene
la obra de la mirada. Cuando una pieza es lo suficientemente buena e inquietante,
se produce esta operación y el sujeto de la enunciación
se hace difuso porque mira en la mirada del espectador, piensa en su pensamiento,
y hay ante lo pequeño un mágico movimiento de sístole/diástole,
cuando aquél logra advertir que algo lo espera agazapado en la
pequeña gran obra que contempla.
-El arte tucumano es conceptual-cálido- opina la crítica
Eva Grinstein. Es que ya se trate de obras de formato pequeño o
de mayores proporciones (nunca monumentales), el carácter intimista,
no expansiva de las piezas, la manera subjetiva y solitaria de realizarlas
y los condicionamientos económicos han llevado a nuestros artistas
a una selección de materiales y a una actitud creativa muy vinculada
al concepto de performance work de Deacon, que subraya como pocos el sentido
especialmente poético que da la elección del soporte a la
lectura de la obra. Piezas que se construyen en soledad (los asistentes
serían imposibles de pagar), que prácticamente no se exhiben
(por la escasés de espacios adecuados para ello), que difícilmente
compitan en los salones o se vendan (debido a la ausencia de un mercado),
permiten una libertad y frescura a la hora de la creación, rayana
en el desparpajo y el desinterés absoluto de trascendencia, que
acerca a los tucumanos al concepto de autoironía de Nietzsche.
En el arte tucumano de los ’90, puede observarse claramente a mi
juicio, libertad (se hace cualquier cosa que se sienta la necesidad de
hacer), conectividad (la posibilidad de trazar relaciones múltiples
entre todo tipo de objetos y no-objetos artísticos o extra-artísticos)
y provisoriedad (se proponen lecturas efímeras que no pretenden
ninguna verdad).
(Bueno... hay excepciones que confirman la regla).
*pombiana. Referida a la obra del artista argentino Marcelo Pombo (todo
un autor), quien en 1994, supo declarar que sólo se interesaba
por aquello que acontecía dentro del círculo que dibujaba
su brazo extendido.
BIBLIOGRAFÍA
ACHA, Juan. Arte y Sociedad: Latinoamérica. El producto estético
y su estructura. México. Fondo de Cultura Económica. 1981.
AUTOR DESCONOCIDO. El consumo artístico y sus (d)efectos. Conversación
con Juan Acha. Alemania. Revista Humboldt N° 112. Págs. 88
a 93.
BACHELARD, Gastón. La poética del espacio. Breviarios 183.
Fondo de Cultura Económica. México. 1965.
BARTHES, Roland. El susurro del lenguaje. Más allá de la
palabra y la escritura. Barcelona - Bs. As.- México N° 28 Editorial
Paidós Comunicación. 1993.
DERRIDA, Jacques. La deconstrucción en las fronteras de la Filosofía
La retirada de la Metáfora. Barcelona - Bs. As. Editorial Paidós.
1993.
ECO, Umberto. Lector i fábula. N° 142. Barcelona. Editorial
Lumen. 1988
MORENO, María. India, negra y judía. El lugar de la resistencia.
Reportaje a Josefina Ludmer. Radar Libros. Suplemento literario de Página
12. Año IV. N° 205. Pág. 2 y 3
NIETZSCHE, Friedrich. Sobre verdad y mentira en sentido extramoral. Madrid.
Cuarta edición Cuadernos de Filosofía y Ensayo. Editorial
Tecnos. 1998.
WITTGENSTEIN, Ludwig. Los juegos del lenguaje. Barcelona – Bs. As.
– México Paidós Estética. 1994
top...
|
|